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Sobre los gastrónomos

Culturas culinarias por Felipe Fernández-Armesto.

Antes de la gastronomía, hubo gula. Durante casi 150.000 años de historia la comida sólo se mejoraba por el procedimiento de ingerir más. No se le añadían salsas exquisitas, ni se la doraba con adobos y preparados químicos, ni se la servía con un arte cada vez más refinado y costoso. Sencillamente, uno se añadía una mayor cantidad, sin cambiar en modo alguno la forma de preparación.

BATALLAS GANADAS. En la antigüedad, los grandes reyes y emperadores mostraban su valor devorando comidas inmensas, celebrando hazañas heroicas de ingestión como si fuesen recuerdos de batallas ganadas, cantidades de enemigos capturados o ciudades saqueadas. Todos los días Maximino el Tracio solía consumir quince kilos de carne. A Claudio Albino se le consideró admirable por poder tragar quinientos higos, diez melones, siete kilos de uvas, cuatrocientas ostras y cien pajaritos fritos en cada comida.

Sin embargo, es preciso señalar que en los albores de las sociedades agrícolas la glotonería traía consecuencias aprovechables para todos. Los héroes de la gula organizaban la producción masiva de abastecimientos. Los pobres podían vivir, literalmente, comiéndose los restos de los festines de los grandes. Ramsés II tenía unos hórreos en los que guardaba comida para 20.000 personas. A sus casi 70.000 seguidores, el rey asirio Asurnisabal les ofreció un banquete compuesto de 14.000 carneros, 1.000 corderos, 20.000 pichones, 10.000 peces, 10.000 conejos y no se sabe cuántos venados, más las cantidades correspondientes de frutas y dulces.

En épocas de hambruna, los paraísos soñados se llenan de comestibles, y nadie se preocupa por los detalles de las recetas. De ahí que la gastronomía se inventara sólo donde y cuando la abundancia alimentaria estaba garantizada. Luego, las elites y clases dirigentes se pusieron a elaborar nuevos métodos para diferenciarse de los demás.

EL SABOR DE LOS INGREDIENTES. Todas las recetas más antiguas de cocina de cortes reales o imperiales enfatizan la necesidad de preparar platos complejos con mucho detenimiento. De la Mesopotamia antigua proceden textos que recomiendan elaboraciones minuciosas de pajaritos con salsas de sangre y ajo, regadas de quesos fundidos y mantequilla líquida. Según un tratado chino de alrededor del año 200 a. de C., «el cocinero sagaz corta trozos de paloma con otros tantos de garza amarilla y grulla negra para sazonarlos con pimienta y hierbas e incorporarlos en un pastel de mijo perla». Sabe, además, preparar gusanos de pollo dulce con queso, o tejón con salsa de hígado, picado de rábano y especias indias, de tal manera que se logre distinguir el sabor de cada uno de los ingredientes.

Lo importante, por lo visto, no era crear platos buenos, ni tragables siquiera, sino erigir barreras, elaborar estilos distintos de comer que correspondían a las jerarquías de la sociedad. La comida de máximo prestigio era siempre, por supuesto, la más novedosa, por ser inaccesible a la mayoría. De ahí la gran obsesión de los gastrónomos y jefes de cocina por aplicar permanentes innovaciones, que no suelen producir comidas más sabrosas que las tradicionales, pero diferentes, y por regla general más costosas, eso sí. Las ofrendas de la mesa de Heliogábalo muestran ese carácter tenazmente adicto a las bizarrías que nos ha llevado en nuestros días a la cocina sin precedentes de un Ferran Adrià. Heliogábalo practicaba el gusto por una comida surrealista: guisantes con mechones de oro, judías intercaladas de trozos de ámbar, pescado pimentonado con perlas, lentejas salpiconadas de ónice. No tenía escrúpulos en pedir pez en salsa azul para conjurar la bravura del mar.

La comida sorpresa existe para que el común de los mortales choque con sus novedades. No hay que pensar en ese «pollo sorpresa» italiano con su relleno de mantequilla que se ha convertido en un plato de referencia casi rutinario en los menús y que por lo tanto no produce conmoción alguna, ni en la «bomba sorpresa», especialidad del maestro Cándido de Segovia, a base de helado asado en una envoltura de merengue, que ya no sorprende a casi nadie, sino a las invenciones estrafalarias de cocineros históricos. En Mantua, hacia fines del siglo XVI, se servían faisanes rellenos con arte taxidermista «que parecían vivos» y pavos reales, con su plumaje de cola puesto, que emitían perfume de incienso por los agujeros de sus picos. Había pasteles de pájaros vivos, que salían volando y cantando al eliminar la corteza.

Hasta cierto punto, el encanto de la gastronomía se parece a cualquier tipo de magia. La comida se disfraza. Los ingredientes se transmutan por una especie de alquimia. La harina se convierte en tartas, los dientes de ajo vienen a ser alioli, las especias tailandesas transforman unos pescaditos podridos al formar parte de una salsa sabrosa.

CULTO AL EXPERTO CONOCEDOR. Para separarse de las masas, los ricos han elaborado toda una enciclopedia de esoterismo gastronómico, un culto al experto conocedor. Hay que tomar cuál vino con tal plato, distinguir entre salsas bearnesa y holandesa, saborear la diferencia entre un hongo y una seta, debatir los méritos de la leche y el vino en la preparación de una bechamel y dominar además todo el vocabulario del menú francés. De nuevo los efectos son mágicos. Una humilde patata resulta ser una pomme soufflé. La carne cruda parece más apetecible cuando se llama steak tartare.

Los ricos y poderosos inventaron la gastronomía, pero no pudieron monopolizarla. En el siglo XVII, la divulgación de las recetas cortesanas fue parte de esa gran revolución social que solíamos calificar como «revolución burguesa». En 1651 François Pierre de la Varenne publicó Le cuisinier françois, comunicando al público diversos secretos de la cocina del palacio real. El Cuisinier royal et bourgeois de François Massialot, de 1691, resumió su propósito en el mismo título. Desde aquel momento, para seguir su trayectoria de autodiferenciación de los mortales ordinarios, los gastrónomos han tenido que desenfrenar su gusto por lo excéntrico e inventar platos cada vez más curiosos. La época de la Ilustración produjo la comida «filosófica» de Brillat-Savarin y la alimentación de «restauración», que dio lugar a que naciesen los restaurantes.

En el XIX la comida de los grandes hoteles, documentada en los libros de Escoffier, apostó por un estilo increíblemente lujoso a base de salsas complejas e ingredientes muy costosos. Hoy en día tenemos a los magos de la cocina de autor, algunos de cuyos cultivadores sustituyen la comida auténtica por espumas o aromas de hierbas venenosas, helados de tabaco, carnes dulcificadas y postres salados, trucos incapaces de satisfacer el hambre, como el vestido del emperador que ni cubría su desnudez. Quizás estamos llegando a un punto en el que para cumplir con las obligaciones de la gastronomía hay que servir comida que a una persona normal le resultaría intragable y para ser gastrónomo haya que tener un punto de tontería.

En ABCD las Artes y las Letras

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Menú para una época de crisis económica

Bush ha agasajado esta noche a los líderes internacionales que participarán en la cumbre económica convocada para este sábado en Washington con una cena de trabajo en la Casa Blanca el día previo a las sesiones plenarias en las que debatirán sobre las reformas al sistema financiero internacional.
De primer plato los líderes degustaron unas codornices ahumadas acompañadas de risotto de quinoa, de plato principal costillas de cordero al tomillo
, acompañadas de una fondeu de tomate, hinojo y berenjenas, seguido de una ensalada de lechugas lolla rosa, red oak y endivias aderezada con una vinagreta de sidra y tostada de nueces con queso brie de Vermont.
Para los postres los invitados han podido probar un pastel de pera con salsa de arándonos. La cena, que se ha celebrado en el salón de banquetes del ala este de la Casa Blanca, estuvo regada con tres vinos estadounidenses procedentes de las bodegas del Valle de Napa, en California, un Chardonnay 'Damaris' reserva de 2006, un cabernet 'Hillside Selección' de javascript:void(0)2003 y un Chandon Étoile Rosé.

EL PAÍS del día 15 de noviembre de 2008

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Caldo galego

Receita de Alfonso Martínez para la Festa do Caldo Galego. Pontevedra. (O ano 94)
As fabas e a cacheira teñen que estar a remollo dende a véspera. Ponse auga a ferver cun pouco de unto e métese a cacheira enteira. Cando está cocida, botarlle un puñado de fabas, o repolo, as patacas (moi picadas), es as augas das carnes (chourizos, carne de tenreira, costela, touciño, morro, orellas, e polo, que se coceron á parte. Se queda moi 'claro' (solto), espésase con fariña milla.
Truco da cor do chourizo: No caso de non coller moita cor, pódeselle botar pemento doce e picante, por catro partes de doce unha de picante.

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La olla podrida según Xavier Domingo

El 9 de enero de este año procedimos, una vez más y para doce comensales, a la construcción de magna «olla podrida».
Nos valemos adrede del verbo «construir», por aseme­jarse entrañablemente el plato en cuestión a la obra arqui­tectónica, aunque la nuestra, comestible, sea de condición perecedera.
Seguimos la pauta marcada por recetarios del Monaste­rio de Yuste, tal y como llegó a algunos libros de cocina franceses del siglo XIX, introduciendo, aquí y allá, algunas variantes. En su mayor parte, tal es, sin embargo, la «olla podrida» que se servía, como «plato del día», en algunos afamados restaurantes del París de Balzac.
La «olla podrida», ya lo dijimos, es una suerte de cús­pide en el vasto templo culinario de «lo hervido». Antes, empero, de llegar algunas de sus partes a la mesa, incluye operaciones de asado al horno y aun de frito y, con apenas un pellizco de imaginación, podría integrar algo de lo crudo.
Es más, sus restos, que siempre los deja y en abundan­cia, utilizados en ropa vieja, es decir, recalentados en sartén con aceite , son, con evidencia, del reino de lo frito.
El receptáculo que recibió lo que había de «pudrir» en largo y lento hervor, fue olla de aluminio con capa­cidad para 35 litros. No era para menos.
Recibió en su orondo vientre, y por ese orden:
1 Kg. de garbanzos, envueltos en redecilla, a fin de poder extraerlos sin necesidad de andar con difíciles trasvases.
1 y 1/2 Kg. de carne vacuna para cocido.
10 manitas de cordero y una mano de cerdo.
4 pimientos morrones, secos.
1 Kg. de panceta de cerdo.
1 Kg. de hueso de jamón.
1 Kg. de falda de ternera.
1/2 Kg. de falda de cordero.
Kg. de zanahorias grandes, enteras.
cabezas de ajos enteras.
1 Kg. de nabos, también enteros.
1 Kg. de puerros, atados en dos manojos.
1 Kg. de col de Bruselas, envuelta en un paño.
300 gramos de ciruelas secas y orejones, también en muñeca.
1 gallina.
10 choricitos de Jabugo.
6 morcillas serranas.
6 morcillas de cebolla.
2 morcillas de Burgos, gruesas.
2 pichones.
12 codornices.
6 alcachofas pequeñas y tiernas.

Azafrán, pimienta molida y en grano, comino, lau­rel, y sal.
Adquirido en el Mercado de Maravillas, la cuenta subió a 3.500 pesetas.
La acción
Los garbanzos, previamente ablandados en remojo y colocados en redecilla, se ponen en la olla con cantidad de agua fría, y al fuego.
Al arrancar el hervor, colocamos el trozo de vacuno, el cerdo, las manitas de cordero y los pimientos morro­nes secos, que, de hecho, habían estado 12 horas en el remojo de garbanzos. Eran entonces las 17,30 de la tarde.
A las 18,30 adjuntamos las carnes blancas, ternera y cordero, y, media hora después, entraron en hervor las hortalizas.
Eran las 19,30 cuando hundimos en el ya vigoroso caldo azafranado, a nuestra gallina, a la que se unieron los pichones, a las 20 horas, hora en que se iniciaba la retransmisión televisada del partido Betis-Barcelona. Terminado el lance con victoria del Barga, acudieron a la cita, en compañía de sus congéneres, las doce codor­nices y las alcachofas, seguidas por chorizos y morcillas, merecedoras de un cuarto de hora de escalfado.
Se procedió entonces a dos operaciones que hicieron pasar parte de lo «hervido» a lo «asado».
Se extrajo gallina de olla y fue bien untada, con yema de huevo batida, abrigo con el que pasó al horno y lugar al que acudieron, seguidamente, los pichones, rodeados de ciruela y orejón, y las codornices que ha­bíamos atado en manojos de a tres, sobre lecho de coles de Bruselas y guardia verde de alcachofas.
El consumo
Inicióse la pantagruélica cena con un plato del consu­mado que, como es de buen sentido, habíamos desengra­sado y vertido encima de lonchas de pan frito, recubiertas de yema de huevo bien batida.
Vinieron luego a boca, a fuer de entrada, manitas de cerdo y cordero, con salsa vinagreta. Es de notar que de haber añadido una lengua de ternera a la barroca construc­ción, hubiera seguido el mismo camino.
Secundó a esas gelatinosas suavidades, para abrir boca, el plato con vacuno y acompañamiento de garbanzos.
El cerdo, en todas sus variantes, de la panceta fresca a las morcillas, llegó con los nabos y aderezos de mostazas fran­cesas.
Un reposo se imponía tras esta ocasión, y fue refrescado con copita de aguardiente, destinada a crear el agujero que otros manjares habían de cubrir.
Propició la secuencia de la larga cena la llegada a mesa del plato de carnes blancas, ternera y cordero, con custodia de gruesas y simpáticas zanahorias.
Poco después comparecía en la mesa la dorada gallina que, liquidada, dio paso a fuente de pichones con guarni­ción de orejones y ciruelas, y sábana de salsa picante con fundamento en el tomate, vino blanco, guindilla cortada, muy menuda, y cebolla suavemente espesada en mantequi­lla y harina candeal.
La cosa concluyó con codornices y coles de Bruselas.
Un Rioja fresco y ligero acompañó todos y cada uno de los platos, sin más interrupción que, a media cena, la de la copita de aguardiente.
La «ropa vieja»
Sobró, por supuesto y a pesar del ogro que habitaba en cada uno de los comensales, de todo, en cantidades sufi­cientes para suculentas ropas viejas.
Garbanzos, con lo sobrante de ternera y cordero, fue­ron más tarde al horno, con costra de queso rallado y yema de huevo.
Morcillas y chorizos quedaron reservados para acom­pañamiento de eventuales «duelos con quebrantos». Con codornices y menudillos de todo animal de pluma confec­cionamos sabrosísimos pasteles, perfumados de trufa y enebro.
Reducidas a puré las zanahorias, permitieron, con el vacuno, el invento de un notable y muy «sui generis» haché Parmentier que, desde luego, no dudaremos en patentar.

XAVIER DOMINGO.- ‘Cuando solo nos queda la comida’
1980

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El día de San Antón en el Madrid de 1895

EL REY DE LOS COCHINOS
Remedo de la fiesta de los locos y de los asnos de la Edad Media, considera un ilustrado cronista madrileño la que tenía lugar en esta corte , allá por los siglos XVI y XVII, para celebrar la festividad religiosa de San Antonio Abad: fiesta que constituía una grosera carnavalada, á la que se daba el nombre de La coronación del rey de los cochinos. Como curiosa muestra de costumbres populares, vamos á describirla.
El día 17 de Enero reuníanse en las inmediaciones de la capilla de San Blas, los porqueros de la villa con los verracos del concejo, adornados éstos de cintas y campanillas. Colocados los cerdos en línea ante la puerta de la ermita, donde se había colocado una artesa con cebo, el primero que llegaba le declaraban rey, coronándolo con ajos y cebollas.
Después se echaban suertes entre los zagales jóvenes, y el agraciado se le vestía con un sayo, dándole un báculo y una campanilla, y montándole en un burro, se dirigía toda la chusma, ridículamente ataviada, soplando en cuernos y tocando cencerros al convento de San Antonio, sito dentro del Buen Retiro. Allí subían al cerdo y al porquero a un lugar elevado, despojaban al segundo de su traje, sustituyéndolo con un manto de estera y colocándole en la cabeza la corona de ajos y cebollas que quitaban al primero, y montando al porquero en el gorrino, era aquel aclamado por rey.
Llamaban luego en el convento para que los religiosos bendijesen el pan, la cebada y la paja que llevaban, y efectuado esto, regresaba la comitiva con el mismo escándalo al sitio de partida, terminando tan grotesca farsa con una comilona. Tales fueron los abusos que en tal día presenciaba todos los años Madrid, que en 10 de Enero de 1619 se ordenó que la mojiganga no pasase por la villa, ni se la permitiese entrar en el templo. Pero no debió servir esto, porque en l697 fue prohibida en absoluto tal fiesta, volviendo á celebrarse en 1722, para ser suprimida definitivamente pocos años después.
Establecida en Madrid la comunidad de PP. Escolapios de San Antonio Abad, en el convento que les cedió Carlos IV en 1794, sito, en el antiguo camino de Hortaleza, la romería cambió de carácter con más ó menos bullicio y regocijo, quedó reducida á lo que es hoy: unos cuantos puestos en la calle de Hortaleza y en las adyacentes: jinetes que van a lucir los vistosos arreos de sus cabalgaduras, y una multitud de gente que hace en dicho día lugar de paseo de las citadas calles.
En los Escolapios se celebra solemnemente la función de su titular.
San Antonio Abad, nacido en Egipto, fundador de la orden de los cenobitas, murió el 17 de Enero del año 365 de la Era cristiana, a la edad de ciento cinco años.
Su vida en los desiertos de la Tebaida, a los que se retiró después de haber entregado á los pobres su fortuna, y en los que fue objeto, según los historiadores sagrados de las acechanzas del demonio, ha inspirada á los más grandes maestros de la pintura notables cuadros.
Salvator Rosa, el Tintorero, Rubéns, Teniers, Velázquez y otros muchos se han inspirado en la vida, del santo cenobita.
Publicado en la revista el Nuevo Mundo, en Madrid el jueves 17 de enero de 1895

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Las comidas de Castelar

Comida de Navidad de 1894 ofrecida por Don Emilio Castelar y Ripoll a sus amigos en su domicilio:

  • Ostras del Cantábrico
  • Sopa a la marinera
  • Arroz con pollo a la alicantina
  • Lubina de Galicia
  • Filetes de solomillo con legumbres de Navarra
  • Frito variado
  • Anguilas del Tajo
  • Menestra aragonesa con jamón, alcachofas y guisantes
  • Morcilla asada
  • Jamón de Trevélez crudo con aceitunas aliñadas de Córdoba y Sevilla
  • Butifarra en fiambre blanquillo y frito de longaniza
  • Espárragos de Logroño
  • Pavo asado y ensalada
  • Sopas en leche
  • Empanadas de picadillo de carne y dulce
  • Tortas de miel, turrones de todas las clases, peladillas, mazapán, yemas de San Leandro, cascas de Valencia y almíbares de Granada
  • Quesos de Burgos, de Asturias y Galicia
  • Melones de Añover, peros de Ronda, dátiles de Elche, naranjas, granadas, plátanos y piña
  • Los vinos aparte del Jerez y del Pedro Jiménez era lo único que había extranjero en la mesa.

El café se lo mandan directamente de Caracas y los cigarros con que pone término a los obsequios a sus convidados, los recibe de la Habana encerrados en tubos de cristal, para que no pierdan nada de su aroma, y en cajas plateadas.
A esta comida que dio el día de Navidad el ilustre tribuno, asistieron, Y VIVAS ESTÁN TODAVÍA, aunque comieron de todo, la marquesa de la Laguna, la condesa de Pardo Bazán, su hija la insigne escritora, el duque de la Roca, el ministro de Ultramar, los doctores Pacheco y Martínez, Los señores Nieto, Ortega, Girona, Ferrer y algún otro que, al hablar del suculento banquete, no lo hace por haberlo oído.
(…)
Dios le dé salud y le conserve un estómago tan privilegiado como su cabeza, y al que debe indudablemente la perfecta salud de la que goza, y sus maravillosas aptitudes para trabajar doce horas diarias, aún después de haber cumplido los sesenta años.
Kasabal
Publicado en la revista el Nuevo Mundo, en Madrid el jueves 3 de enero de 1895